El terreno alrededor del laboratorio humeaba como si la sustancia gelatinosa hubiera entrado en combustión espontánea. Los dispositivos de la red informática habían iniciando una reacción en cadena y el humo que se desprendía del plástico quemado tenía un aspecto siniestro. Harley, por razones que no entendía, había caído en ese lugar desde algún otro, situado a mucha altura, pero aunque era sapo de otro pozo, adivinaba que la situación era de suma gravedad. Si estos imbéciles han iniciado una reacción en cadena y no la logran detener, reflexionó, la seguridad de todo el continuo espacio-temporal está en riesgo. ¿Hasta dónde llegará? Era un pensamiento melancólico, aunque no por ello menos realista. Junto al laboratorio habían aparecido cinco grandes grietas y por las fisuras brotaba un líquido que se difundía con rapidez, corroyendo vorazmente todo lo que se interponía en su camino. Harley oyó un redoble sordo y persistente bajo sus pies, como si la explosión de los materiales desconocidos que se habían acumulado debajo de la superficie hubiera incitado a una criatura colosal y enfermiza. El cielo se oscureció. Y esta microficción dejó de tener sentido porque no quedó nadie para leerla sobre el planeta, o por lo menos en ese plano de realidad.
viernes, 12 de noviembre de 2010
Inutilidad - Sergio Gaut vel Hartman
El terreno alrededor del laboratorio humeaba como si la sustancia gelatinosa hubiera entrado en combustión espontánea. Los dispositivos de la red informática habían iniciando una reacción en cadena y el humo que se desprendía del plástico quemado tenía un aspecto siniestro. Harley, por razones que no entendía, había caído en ese lugar desde algún otro, situado a mucha altura, pero aunque era sapo de otro pozo, adivinaba que la situación era de suma gravedad. Si estos imbéciles han iniciado una reacción en cadena y no la logran detener, reflexionó, la seguridad de todo el continuo espacio-temporal está en riesgo. ¿Hasta dónde llegará? Era un pensamiento melancólico, aunque no por ello menos realista. Junto al laboratorio habían aparecido cinco grandes grietas y por las fisuras brotaba un líquido que se difundía con rapidez, corroyendo vorazmente todo lo que se interponía en su camino. Harley oyó un redoble sordo y persistente bajo sus pies, como si la explosión de los materiales desconocidos que se habían acumulado debajo de la superficie hubiera incitado a una criatura colosal y enfermiza. El cielo se oscureció. Y esta microficción dejó de tener sentido porque no quedó nadie para leerla sobre el planeta, o por lo menos en ese plano de realidad.
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300 palabras,
Sergio Gaut vel Hartman
Apuesta - Sergio Gaut vel Hartman
Subió los escalones con decisión y nos dio la espalda. Las plumas estaban sucias. El portero le dijo algo, pero no podíamos oír las palabras por culpa de la distancia. Siempre la culpa. Al principio pudimos ver que estaba tenso, aunque luego pareció relajarse; empezó a moverse y metió una mano, la izquierda, en el bolsillo. Luego retrocedió tres pasos y sacudió la cabeza. Apunté con cautela y disparé. Le di entre las alas, que se tiñeron de verde casi de inmediato.
—Dame mis quinientos —dije extendiendo la mano.
—Ni siquiera cayó al suelo y ya estás reclamando la plata, ¡roñoso! —Sofía metió la mano en el bolso y sacó los quinientos. Me los dio como con asco.
—¿Es un vegetal? —dijo Marco frunciendo el ceño.
—¿Por? —Para mí era irrelevante a qué reino pertenecía.
—La sangre, es verde.
—No es sangre, idiota —escupió Sofía—. Este mata a un ángel sin que se le mueva un pelo y vos suponés que es un vegetal. No sé por qué me acuesto con ustedes.
—No es un ángel —dije—. Si lo fuera no habría muerto.
—No morí —dijo Bruno levantándose y viniendo hacia nosotros—. No soy un ángel, pero tengo sangre verde. ¿Es importante?
—Es irrelevante —dije. Vacilé un momento y le devolví los quinientos a Sofía. Ella ni me sonrió.
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Tiempos modernos - Javier López
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—Madre, todas mis amigas del colegio tienen ya una. Van rápido, tardan poco en llegar y pueden dormir hasta más tarde.
—Ya te he dicho muchas veces que esos potentes vehículos motorizados nunca me han gustado. ¿Cuántas de tus compañeras no habrán tenido ya un percance por ir subidas en esos cacharros?
—Pero hay que ir con los tiempos. Te prometo que no me compraría una demasiado grande. Si no me dejas tenerla, me obligas a ir a la escuela en algo que va más despacio que un patinete. Todas mis compañeras me adelantan por el camino y se ríen de verme con ese artilugio anticuado.
—Pues hija, vas a tener que conformarte. Así que coge tu escoba y ve volando a clase, que se te hace tarde. Y si las madres de tus amigas les han comprado esas aspiradoras modernas, algún día se lamentarán cuando tengan un accidente grave.
Imagen: Madre e hija (Carl Larsson)
viernes, 4 de junio de 2010
Condecoraciones - Javier López
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Hoy es el día de mi jubilación. Doce años de servicio en el Cuerpo Nacional de Policía dan para mucho. Muchos momentos de tensión, de peligro, también buenos momentos en los que sabes que has trabajado bien y has salvado la vida de alguien o dado un buen servicio a un ciudadano que lo requería.
En el patio de la Jefatura Provincial se han reunido los altos mandos y estamos en formación los agentes que vamos a ser condecorados. Hace un día radiante, ondea la bandera y suena el Himno Nacional. Me emociono al escucharlo, es el himno de mi patria, del país al que he servido.
Algunos compañeros también recibirán sus condecoraciones. Raúl, al que ayudé a salvar hace no muchos días a unos montañeros perdidos; Damián, con el que participé en una operación contra una mafia que introducía droga camuflada en cargamentos de obras de arte; Luis, al que yo mismo tuve que sacar a rastras de una habitación durante un incendio, porque él había perdido la consciencia...
El jefe acaba de terminar su discurso. Ahora estoy nervioso. Van a imponerme la medalla que supone el reconocimiento a más de una década de actividad.
—Se hace entrega de la Condecoración al Mérito, por su servicio abnegado en este Cuerpo Nacional de Policía, por su sacrificio constante, aún poniendo en riesgo su vida, y su astucia para resolver los casos más difíciles, al Teniente de Policía Leno —anunció mediante la megafonía el Jefe Superior.
—Guau —respondí en señal de agradecimiento.
Entonces un cabo se agachó y me ajustó alrededor del cuello la condecoración. Y José, mi compañero, me llevó a las perreras para darme agua y algo de comida.
Hoy es un día feliz para mí...
Vacíos - Carmen María Hernández
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El bosque está lleno de árboles que sólo una vez al año podría decirse que están llenos de hojas, aunque sólo la mitad (no exactamente) de ellos se llena de frutos. Ningún árbol se llena de pájaros, tampoco las cabezas de las personas ni los cables de electricidad. Las cabezas a veces sí se llenan de personas y los cables tal vez se llenen de electricidad, pero yo de esas cosas de física sé muy poquitito.
Lo que sí sé es que, como el bosque está lleno de árboles desiste de ingerir niños pequeños con todo y carreolas. ¿Pero quién puede asegurar que no ha dejado “un huequito” para un bocado más, por lo menos? Ese libro que leerás en la noche, ¿Está lleno de los bosques que han sido devorados para hacer el papel, y contar historias? “No hay nada más noble que un libro”, piensas, y de pronto, al pasar la página, se abre frente a ti una enorme boca como de…bosque.
Sembrados - Javier López
Yo no podía entender por qué varios libros de la biblioteca estaban en el huerto, abiertos y ligeramente hundidos sobre el terreno húmedo, como si estuvieran plantados.
—¿Qué harán aquí? —me pregunté en voz muy baja, sabiendo que nadie me escuchaba.
—Soy yo. Los leo para cultivarme —respondió, en el mismo tono, una coliflor.
Flores - Javier López
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Se encontraron, como era habitual a esas horas, en el parque, cerca del pequeño lago.
—Tengo un regalo para ti —le indicó él haciendo uso de un lenguaje que a ambos les era bien conocido.
—¡Qué sorpresa! —exclamó ella—. ¿Un regalo? ¿Y a qué se debe?
—Hoy hace tres semanas que te conocí. Sígueme.
Él se movió inquieto, mostrándole el camino. Unos minutos después pasaban por delante de su hogar.
—No, aún no es aquí —dijo, mientras continuaba, agitado, indicándole el camino.
Poco más tarde llegaron al lugar. Él, orgulloso, le mostró su regalo. Una docena de hermosas flores amarillas, rojizas y anaranjadas. Ella, emocionada y nerviosa, se acercó a una y aspiró su aroma.
—Un regalo delicioso —aseguró.
Y entonces, sumergiendo su trompa en lo más profundo de la flor, comenzó a libarla. Ese era, sin duda, el mejor regalo que le habían hecho nunca.
Y entonces, sumergiendo su trompa en lo más profundo de la flor, comenzó a libarla. Ese era, sin duda, el mejor regalo que le habían hecho nunca.
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