—Te voy a matar —dijo Jacinto; giró sobre sí mismo y recorrió el gran círculo que abarcaba casi toda la habitación buscando algo con qué golpear a Susy. La mujer, que adivinó el movimiento, supo que la expresión vidriosa, sanguinaria y a la vez recelosa de Jacinto indicaba que no era una broma, que realmente se disponía a matarla. Habían llegado al final del camino. Encontró una tijera sobre la cómoda, la aferró con la mano derecha y enfrentó a su esposo jadeando. Él consiguió un florero estirando el brazo izquierdo con un movimiento salvaje, perturbador... En ese mismo momento se abrió la puerta del ropero. René, el andrógino bisexual, amante de Jacinto y Susy, salió empuñando una pistola en miniatura, tan diminuta que parecía uno de esos cuernitos que venden en las panaderías. No dijo nada. Simplemente disparó. Estaba harto, o harta, de ambos. Jacinto no llegó a ver la muerte de Susy. Susy, en cambio, llegó a tiempo para evitar que el florero se hiciera añicos contra las cerámicas del piso. Era un Ming, auténtico, pueden creer lo que les digo.
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viernes, 12 de noviembre de 2010
Justo a tiempo - Sergio Gaut vel Hartman
—Te voy a matar —dijo Jacinto; giró sobre sí mismo y recorrió el gran círculo que abarcaba casi toda la habitación buscando algo con qué golpear a Susy. La mujer, que adivinó el movimiento, supo que la expresión vidriosa, sanguinaria y a la vez recelosa de Jacinto indicaba que no era una broma, que realmente se disponía a matarla. Habían llegado al final del camino. Encontró una tijera sobre la cómoda, la aferró con la mano derecha y enfrentó a su esposo jadeando. Él consiguió un florero estirando el brazo izquierdo con un movimiento salvaje, perturbador... En ese mismo momento se abrió la puerta del ropero. René, el andrógino bisexual, amante de Jacinto y Susy, salió empuñando una pistola en miniatura, tan diminuta que parecía uno de esos cuernitos que venden en las panaderías. No dijo nada. Simplemente disparó. Estaba harto, o harta, de ambos. Jacinto no llegó a ver la muerte de Susy. Susy, en cambio, llegó a tiempo para evitar que el florero se hiciera añicos contra las cerámicas del piso. Era un Ming, auténtico, pueden creer lo que les digo.
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Inutilidad - Sergio Gaut vel Hartman
El terreno alrededor del laboratorio humeaba como si la sustancia gelatinosa hubiera entrado en combustión espontánea. Los dispositivos de la red informática habían iniciando una reacción en cadena y el humo que se desprendía del plástico quemado tenía un aspecto siniestro. Harley, por razones que no entendía, había caído en ese lugar desde algún otro, situado a mucha altura, pero aunque era sapo de otro pozo, adivinaba que la situación era de suma gravedad. Si estos imbéciles han iniciado una reacción en cadena y no la logran detener, reflexionó, la seguridad de todo el continuo espacio-temporal está en riesgo. ¿Hasta dónde llegará? Era un pensamiento melancólico, aunque no por ello menos realista. Junto al laboratorio habían aparecido cinco grandes grietas y por las fisuras brotaba un líquido que se difundía con rapidez, corroyendo vorazmente todo lo que se interponía en su camino. Harley oyó un redoble sordo y persistente bajo sus pies, como si la explosión de los materiales desconocidos que se habían acumulado debajo de la superficie hubiera incitado a una criatura colosal y enfermiza. El cielo se oscureció. Y esta microficción dejó de tener sentido porque no quedó nadie para leerla sobre el planeta, o por lo menos en ese plano de realidad.
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Apuesta - Sergio Gaut vel Hartman
Subió los escalones con decisión y nos dio la espalda. Las plumas estaban sucias. El portero le dijo algo, pero no podíamos oír las palabras por culpa de la distancia. Siempre la culpa. Al principio pudimos ver que estaba tenso, aunque luego pareció relajarse; empezó a moverse y metió una mano, la izquierda, en el bolsillo. Luego retrocedió tres pasos y sacudió la cabeza. Apunté con cautela y disparé. Le di entre las alas, que se tiñeron de verde casi de inmediato.
—Dame mis quinientos —dije extendiendo la mano.
—Ni siquiera cayó al suelo y ya estás reclamando la plata, ¡roñoso! —Sofía metió la mano en el bolso y sacó los quinientos. Me los dio como con asco.
—¿Es un vegetal? —dijo Marco frunciendo el ceño.
—¿Por? —Para mí era irrelevante a qué reino pertenecía.
—La sangre, es verde.
—No es sangre, idiota —escupió Sofía—. Este mata a un ángel sin que se le mueva un pelo y vos suponés que es un vegetal. No sé por qué me acuesto con ustedes.
—No es un ángel —dije—. Si lo fuera no habría muerto.
—No morí —dijo Bruno levantándose y viniendo hacia nosotros—. No soy un ángel, pero tengo sangre verde. ¿Es importante?
—Es irrelevante —dije. Vacilé un momento y le devolví los quinientos a Sofía. Ella ni me sonrió.
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