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viernes, 12 de noviembre de 2010

El equipaje - Javier López & Oriana Pickmann

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Llegué a la estación de tren en taxi, el mismo en el que pensaba marcharme cuando me hubiera deshecho de la maleta que me acompañaba, y que no permití que el conductor metiera en el portaequipajes.
La estación estaba bastante transitada a esa hora. Una maleta olvidada en una estación vacía resultaba demasiado sospechosa. Pero eran las 11:30 y, entre el tumulto, esperaba que nadie se percatara y pusiera en alerta a los agentes de seguridad antes de que yo hubiera huido.
Me situé en un lugar donde había bastante gente, cerca de las pizarras electrónicas en las que se anunciaban salidas y llegadas. La dejé en el suelo, junto a mis pies, y aproveché un momento en que nadie parecía mirarme para empezar a caminar. En principio despacio, como si paseara, pero conforme me iba alejando de aquella maleta de cuero y textil, a punto de estallar, fui aligerando la marcha. Atravesé la puerta de salida y, justo cuando iba a agarrar el picaporte del taxi —que me había estado esperando—, para abrir la portezuela, una mano se apoyaba en mi hombro:
—Señor, ha olvidado su maleta —una voz grave sonó detrás de mí.
Ya era la tercera vez que fracasaba. De nuevo no podía deshacerme de aquella pesada carga en la que había encerrado mis temores, mis malos recuerdos y las peores experiencias de mi vida. Tendría que volver a intentarlo. Quizá pudiera conseguirlo en la próxima estación...

domingo, 11 de abril de 2010

Número de suerte - Oriana Pickmann



Era el día ocho de agosto de 1988. A las ocho y ocho de la mañana, Octavio leía la página ocho del diario. Había tomado ya ocho tazas de café y podía sentir esa ansia correrle por la sangre. Hoy se cumplían ocho años desde que contrajo matrimonio con Otilia. El día no le podía ser más propicio.


―Cariño, me siento con suerte. Iré a las carreras de caballos y le apostaré todos nuestros ahorros a Octagon, el caballo más prometedor de la octava carrera.

Ella, apacible, le dio un beso en la frente. Y así, sin más, partió él, con una sonrisa a flor de labios y la esperanza tatuada en los ojos.

Pasaron las horas y, a las ocho de la noche, volvió Octavio a casa.

―¿Cómo te fue? ―preguntó ella, llena de afán por escuchar las buenas nuevas― ¿Hemos ganado? ¿En qué lugar llegó Octagon?

Él, sin levantar la mirada, sólo alcanzó a decir.

―Llegó octavo.


Imagen: Horse Race by sb

martes, 13 de octubre de 2009

De lirios - Oriana Pickmann



Aspiré lo último que quedaba de aquel cigarrillo compartido. El mundo ya no sería igual.
Mientras caminaba a algún lugar que no recuerdo, vi al arco iris proteger, como si fuera una bufanda, a una iglesia abandonada. Los ríos me hablaban pidiéndome que naufragara en ellos. Las casas de la ciudad se levantaban iluminadas ante mí, en esa noche oscura que todo se lo comía. Los cuervos dormían mirándome y me preguntaban si podían sacarme los ojos, pero yo no les hacía caso.
Finalmente, llegué a ningún lado, me recosté y juré que nunca más volvería a estar cuerdo. Déjenme aquí, con mi sonrisa, hablándole a estas flores.

Imagen: Flower Power

martes, 29 de septiembre de 2009

Aturdido - Oriana Pickmann



El reloj de la habitación empezó la cuenta regresiva por cuarta vez. Guillermo abre los ojos, mira al techo que conoce de memoria y, con la resaca de quien sufre una noche trágica, emite un quejido. Copia exacta del de ayer, del de antes de ayer.

Allí está todo igual, nada cambia. El mismo día, la misma tortura, las mismos rostros y brazos que salen de las paredes y tratan de espantarlo todo, de tocarlo todo, de romperlo todo. Paredes de algodón, con sus fantasmas, con sus demonios. Váyanse todos al carajo. No hay forma de salir de ahí, Guillermo está atrapado en un espacio sin puertas ni ventanas. Está totalmente solo con esos seres que lo martirizan, doblándolo, insultándolo, amenazándolo.

Guillermo suda, gime, grita, no puede levantarse. Así pasan las segundos, los minutos, como golpes asesinos en sus sienes. La noche, con su oscuridad, se lo come entero.

El reloj empieza la cuenta regresiva por quinta vez en la clínica de rehabilitación.

Culpable

El acusado, ciudadano de nacionalidad lituana, con residencia ilegal en nuestro país, espera su sentencia. Había atropellado, la noche del sábado, a dos ciclistas en acción temeraria e imprudente. Conducía, en total estado de ebriedad, un vehículo robado sin haber aprobado el examen de manejo. Se le procesaba, en la sala de delitos ambientales, por no haber usado gasolina sin plomo en el automóvil en cuestión.

domingo, 23 de agosto de 2009

Óbito



Imagen: Radnor St. Cemetery

Era el día de su entierro. El problema es que se sentía más lleno de vida que nunca. Había gozo en su corazón, risa en su alma, amor en sus pupilas. Su familia y sus amigos habían decidido que era hora de decirle adiós. Las flores primorosas, el cajón oval, la música sutil, el café y los cigarrillos. Y él, paseando por todas las habitaciones, tratando de convencerles que era un error, mírenme, carajo, por estas venas corre sangre todavía. No había caso. Era como si no existiera.

Le limpiaron, le vistieron con el mejor de sus trajes, el de matrimonio, le peinaron y le engominaron el bigote de gallardo coronel. Y él reclamando, que no, que nunca había llevado el cabello para la derecha, que nadie me conoce en esta familia, esos lentes son para leer, esos zapatos siempre me causaron calambres. Daba lo mismo. Lo colocaron en el cajón como a un delicioso recién nacido.

Llegaron los dolientes, las lloronas. Se tomaron el café y se fumaron los cigarrillos. A él, ni una mirada. Él, en su cajón, soltaba su diatriba.

Lo enterraron a las cinco de la tarde, sin lluvias, sin grandes ceremonias, vivo.