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jueves, 3 de diciembre de 2009

No pudo ser - Manuel Pérez Bañez

Todo esfuerzo fue en vano. Aquel inesperado e insignificante montículo de arena dejado por la rodada se antojaba una montaña para él. Un instinto animal lo empujaba a cruzar el carril bajo el implacable sol del mediodía pero cuando casi conseguía alcanzar un mínimo ascenso, su peso lo hacía caer rodando una y otra vez, aferrándose inútilmente a la resbaladiza arena y haciendo que el montículo fuera perdiendo altura a cada intento. A priori se le allanaba el camino, pero sus fuerzas estaban al límite ya que tenía que invertir un sobrehumano esfuerzo en voltearse sobre sus quitinosas extremidades cada vez que se desplomaba. Ya casi lo había logrado. Tanto esfuerzo y tanta arena desmoronada había hecho desaparecer prácticamente el montículo. Sólo tenía que salvar unos miserables y despejados treinta centímetros de arena para alcanzar la gloria del otro lado. El mismo vehículo que había formado el montículo pasaba de vuelta. No pudo ser.

martes, 3 de noviembre de 2009

Cómo leer un cuento - Javier López

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Cuando se lee un cuento uno tiene que haber tomado antes una determinación. Es una decisión que se tarda en tomar meses, años o incluso décadas. Principalmente en función de la envergadura de lo que se va a leer. Si el cuento tiene para más de 3 minutos de lectura, entonces hay que pensarlo aún con más calma.
En docenas de ocasiones he tenido que escuchar esta conversación, en mi calidad de consciencia colectiva en defensa de los Buenos Hábitos de Lectura:
—Voy a leer un cuento —asegura el "lector" tratando, mientras lo dice y se escucha a sí mismo, de autoafirmarse.
—¿Seguro que sabes lo que haces? —pregunta su pareja con cara preocupada y circunspecta.
—Por supuesto, he madurado la idea durante estos últimos meses. Si hoy regaras tú las plantas y sacaras al perro, creo que podría disponer de unos minutos para leer el cuento —responde el "lector" casi sin tomar respiración, como si fuera un discurso bien aprendido, en ese mismo afán de autoconvencimiento. Mientras, la cara de su pareja ha tomado un aspecto definitivamente incrédulo.
—No creo que pueda ayudarte, porque me temo que harías lo de siempre: leer sólo los primeros y el último párrafo —contestó ella, sentenciosamente, dándole la espalda. Y dejando así, en el olvido, una decisión de lectura que a él le había llevado meses tomar.
Así pues, lector, si estás leyendo este párrafo porque crees que encontrarás el final de aquello de lo que sólo leíste el principio, podrás ver que no entendiste nada. Porque aquí no está el final. Entonces querrás volver a leer hacia atrás. Pero la consciencia colectiva en defensa de los Buenos Hábitos de Lectura ya te habrá cazado.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Automatismos



Trabajo en un edificio inteligente. Al menos eso dicen.
Esta mañana, las puertas de cristal de célula fotosensible que dan paso al hall estaban averiadas. Así que tuve que dar un rodeo para entrar por una puerta en la trasera del edificio, de madera blindada, con cerradura mecánica y mucho más fiable. Un vigilante me abrió.
Mi oficina está en el piso doce. Pero los ascensores estaban averiados. Subir por las escaleras de servicio ya no era una buena noticia, aunque lo tomé con calma.
Cuando llegué a mi despacho, el lector de tarjetas digital se empeñaba en que yo no era Estévez, sino González. Y me denegaba el acceso. De nuevo tuve que avisar a un miembro de seguridad. Afortunadamente las comunicaciones internas funcionaban, aunque todas las líneas de acceso al exterior han tenido caídas durante el día. Por si la jornada no estaba resultando estresante, el aire acondicionado ha dejado de funcionar.
Y ahora, cuando son ya las once de la noche, termino de escribir esta historia con lápiz y papel, porque los ordenadores del edificio se han bloqueado. De hecho, no puedo llegar siquiera a la puerta de madera para salir a la calle, porque otras puertas automáticas me lo impiden. Estoy encerrado.
Los vigilantes se han marchado, confiando todas las tareas al sistema informático de este estúpido edificio.

Imagen vía Flickr

Sufijos discrepantes



Quise escribir la historia de un tipejo delgaducho que vivía en un pueblecito. Cada día iba a su trabajo montado en un borriquillo. Su empleo consistía en manejar una prensa de aceituna. A veces llevaba de vuelta a casa unas garrafitas de aceite en los capazos de su borriquito. Con el aceite y una hogaza de pan alimentaba a sus chicuelos.
La historia prometía, pues tenía pensadas muchas anécdotas para ese señor.
Sin embargo, a él no le gustó el principio de mi relato. No se sentía bien como tipejo delgaducho, y pretendía ser un tipo delgadito. Entonces ya me obligaba a hacerlo vivir en un pueblucho e ir a su trabajo montado en un borricuelo para alimentar a sus chiquitos. Hasta ahí no existía mayor problema, pero no hubo manera de que llevara el aceite en unas garrafejas, porque el cuento quedaba muy feo y se estropeaba.
Así pues, dejé de escribirlo.

domingo, 23 de agosto de 2009

El blog

El blog era su diario. En él escribía cada noche lo que había hecho durante la jornada, analizándolo con humor ácido a veces, adornándolo con hermosas palabras en otras ocasiones, iluminándolo con imágenes y engalanándolo con músicas. Pero siempre siendo fiel a lo que hubiera acontecido durante su día.
Ésa fue la clave para que lo detuvieran por el triple asesinato, a los que puso letra, imágenes y música aquella misma noche.

Historia encontrada

Mediaba la tarde cuando me encontré una historia en mitad de un camino. Era una historia inconsistente aún, como el carro tirado por un burro que veía venir de frente. Pero una historia al fin y al cabo, e insistía en ser escrita.
El carro rebotó al pasar sobre una piedra y el burro rebuznó. Ya al menos tenía algún elemento más para contar una historia.
Cuando pasó por mi lado, el burro me invitó con un gesto a que me sentara en el carro para continuar escribiéndola.
Ya tenía mi historia.